Un tren con destino Madrid

Cada vez que algún amigo o colega se va a trabajar fuera de Extremadura, un escalofrío recorre mi cuerpo. Frases como “irse es rendirse” y “si nos vamos, pensarán que han ganado” son propias de mí cuando alguien elige marcharse, y encima va y me lo cuenta. A muy pocos les he aconsejado irse, y siempre ha sido por razones concretas.

Un tren con destino Madrid (este, exactamente, está parando en la Vía 1 de Cáceres, el 10 de agosto de 2010 a las 9h30)

Un tren con destino Madrid, parando en Cáceres

Si esa es mi respuesta y mi reacción habitual es porque, simple y llanamente, me motiva intentar que Extremadura deje de ser la región con más paro, pobreza, desigualdad y falta de oportunidades de toda Europa. Y cuando digo intentar, me refiero a dejarme la piel. Estos días ha parado un tren en mi vida. Un tren con destino Madrid. Un tren que me ha recordado que somos libres, salvo para evitar elegir. Y he tenido que elegir. Son muchas las razones por las que finalmente no he cogido el tren, pero aquí voy a contar sólo una de ellas.

Cuando en 1492 Cristóbal Colón buscaba financiación para su viaje, y después de haber sido rechazado por los portugueses, convenció a los Reyes Católicos y firmó en Granada que haría una expedición a las Indias en su nombre. Así que, cuando hubo que buscar a locos que se montaran en aquellos barcos de madera en una excursión al infierno, la mayoría embarcaba por pura necesidad. Esta es la razón que yo encuentro a que hubiera tantos extremeños en aquellos viajes: esos extremeños que expandirían en América los apellidos Cortés o Pizarro y pondrían a sus nuevos pueblos nombres como Guadalupe o Mérida, simplemente se fueron de aquí porque ya no tenían nada que perder.

Quinientos años después estamos en una situación muy parecida. Bueno, decir esto es injusto: ahora tenemos agua corriente y electricidad en casi todos los pueblos de Extremadura y la esperanza de vida media es el doble que la de entonces. Pero, en cuanto a las alternativas de vida para un extremeño corriente… pues vienen siendo las mismas: quedarse aquí a verlas venir o montarse en un barco de madera.

Y resulta que se me pasó la época de aprender y dejé algunas cosas en el tintero: jamás aprendí a rendirme. Así que esta vez no pienso ser el buscavidas que vuelve a su tierra sólo a ilustrar los libros de Historia, o a ponerle nombres a las calles y a los caballos de bronce y a los palacios. Esta vez pienso ser el que nunca se fue. El que lo intentó. Sé que los libros todavía no han guardado el hueco que se merecen los profetas que se quedaron en esta tierra y lucharon por ella, ¿o alguien se acuerda hoy de los labradores anónimos que plantaron esos olivos o de los que desmontaron esos bosques para inventar la dehesa? Pero aún así, esta vez tengo razones para creer que puede ser distinto.

Esta vez lo vamos a conseguir.

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