Dos o tres minutos

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Podemos pararnos a pensar dos o tres minutos.

Quizá en la cena de ayer o alomejor en la última película que hemos visto.

Son nada. Dos o tres minutos. Un suspiro.

Pensando en aquel niño que fuimos y que imaginaba, en dos o tres minutos, cómo sería de mayor.

Cerrar de golpe los ojos, para evitar su mirada. Para evitar que nos note en la cara ni la apatía ni la vergüenza.

Esa apatía que contrasta con su sonrisa eterna de domingo.

Dos o tres minutos.

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