Los renglones torcidos de Dios [Libro]

Con el título de Los renglones torcidos de Dios (1979) este libro aglutina los dos ingredientes principales de una novela de éxito: una historia que no está al alcance de cualquier imaginación y un uso de la la lengua preciso, al servicio de la historia, que también escapa de las manos de un profano.

Portada de "Los renglones torcidos de Dios"

Portada de “Los renglones torcidos de Dios”

Alice Gould decide ingresar de incógnito en un hospital psiquiátrico a investigar un asesinato, o eso es con lo que su inteligente delirio envuelve la realidad: ha sido enclaustrada para evitar que envenenara a su marido de nuevo. Por un lado, el tema de la novela es el encierro en el hospital, casi un entierro en vida para la protagonista. Por el otro, el tema es la esencia de la percepción, o cómo la realidad puede cambiar según el punto de vista de cada persona.

Las peripecias de Alice Gould merecen ser escritas con el cariño con el que lo están, porque el personaje es mucho más emocional que racional. Por muchas referencias a su inteligencia que se hagan durante el texto, lo cierto es que lo que conduce la historia es si ella se siente libre, o encerrada, o secuestrada, o angustiada,… Si ella tiene ganas de volar, o de llorar. Alice es la verdadera esencia del libro, porque lo que ella piensa o siente es lo que siente el lector.

Aunque muchos de los personajes que aparecen han sido dibujados con tanto o más detalle, en especial aquellos que son pacientes del hospital, no se podría seguir la historia empatizando con otro o poniendo los pies en los zapatos de nadie que no fuera Alice. Los renglones torcidos que habitan el hospital sazonan la historia de humanidad honesta, de realidad cruel y de mucho amor. Aún así, Alice invade cada poro de cada palabra de la novela, al igual que en alguna ocasión la historia le permite invadir también todos los espacios que ayudan a narrarla. No recuerdo ningún espacio descrito en la novela donde no haya estado Alice al menos una vez.

Hacer sentir al lector que, si sigue leyendo, acabará conociendo aquello que hasta el protagonista ignora es el único recurso secreto para hacer un libro adictivo. Pero Torcuato da en esta novela un paso más allá y acaba haciendo que ningún personaje sepa a ciencia cierta cuál es la realidad de lo que está sucediendo.

Mi resumen es que el libro es un must, aunque recordando el particular cuidado con el que el autor ha evitado anglicismos en el texto, debería decir: ¡Hay que leerlo!