El tiempo. 2

La Gioconda. Detalle (ojos)

El parisino museo del Louvre tiene kilómetros de galerías con miles de obras y legados de los últimos siglos. Puedes perderte dentro, queriendo o sin querer. Puedes pasar días y días caminando en él, descubriendo cómo miles de artistas, cada uno a su manera, quisieron dejar su huella eterna o la dejaron sin quererlo. A pesar de todo esto, no necesitarás un mapa para encontrar la Gioconda.

Todo el mundo quiere ver la obra maestra de Leonardo. Puedes llegar a ella siguiendo tranquilamente la corriente.

El cuadro es más pequeño que muchísimos otros expuestos en la misma sala, pero es el único que descansa tras cristales antibala. Encontrar el secreto de su éxito es simple: sólo basta mirarlo. Se tarda poco en comprender que es una obra que no se puede repetir. Nadie en su sano juicio se planteará nunca intentar imitar algo así.

Se pueden copiar los trazos… pero el fracaso sería lacrimógeno. Irremediablemente, el alma de la original quedará encerrada en su mirada.

Si vas a verla en persona, te fijarás enseguida en los abundantes y entusiastas turistas que la fotografían. Guiñando el ojo tras sus compactas, como prueba de fe de su visita. Al principio quizá te extrañe que todos quieran sacar la misma foto. En cuanto pase un minuto, descubrirás que una buena foto se contagia más que un bostezo y sacarás tu cámara y tu sonrisa de foto para la ocasión.

Todos tenemos una sonrisa solo para las fotos. No disimules.

Cuando estés allí, probablemente de vacaciones, quizá te venga a la mente tu trabajo diario. El dinero que te ha costado el viaje, el alojamiento… y la entrada. Ahora te pregunto: ¿cuánto ganas? ¿cuál es el precio de tu trabajo? ¿estás bien pagado? De pronto, pensarás en tu sueldo mensual. También en las horas que le dedicas a tu trabajo. Y el coste de tu formación, tus medios y tus materiales. A tanto la hora. A tanto el kilómetro. A tanto la página o la palabra. ¡Ay! Reconoce que te he pillado pensando en el dinero…

Vuelve ahora la vista de nuevo a la mujer florentina, que hemos venido a hablar de ella.

Yo también me saqué una foto sonriendo delante del cuadro. Pero antes, justo al verla a ella por primera vez, intenté imaginar qué hubiera pensado Leonardo si pudiera conocer su éxito. Yo le hubiera preguntado por esta sensación de haber podido hablar con él alguna vez.

Tú quizás, si te cruzaras con Leonardo, pues le preguntarías otras cosas. No lo sé.

Imagina que vuelvo a hablar de dinero y te pregunto a ti por el precio del trabajo de Leonardo. El precio de la Gioconda. Intuyo que, casi con seguridad, en lo último que pensarías es en si cobraba un sueldo mensual. Y mucho menos en cuánto tiempo tardó en realizarla. No tienes ni idea de cuánto le costaron la tabla y los pinceles. Ni te interesa.

Ahora que lo pienso, ¿sabían esos pinceles que estaban dibujando un sueño para la eternidad?

El retrato era un encargo de un noble: quería que Leonardo pintara a su esposa. Da Vinci viajó los últimos 15 años de su vida con ese encargo a cuestas. Dedicó su cariño y su entrega a mejorar la obra hasta un límite insospechado de detalle. Nunca la dio por terminada y cuando murió, su ayudante y amigo Salai la heredó, inacabadamente perfecta, entre otros efectos personales, dibujos y manuscritos. Te preguntaba por su precio.

El precio de la Gioconda no existe. Qué mayor lujo debe haber que ver salir de tus manos algo que no se pueda comprar.

Podemos hablar de la técnica del sfumatto que hace parecer que hay aire entre la modelo y el espectador. También sobre los motivos de los dos fondos: la parte izquierda y derecha del fondo no coinciden y generan un efecto de movimiento. La sombra de los trazos de la boca provocan una sensación de sonrisa… pero sólo si la miras de lado. Esto se apoya en un efecto de la vista humana, que necesita las sombras solo para la visión periférica, más imprecisa. Podemos hablar horas y horas de la Gioconda, pero no era el objetivo.

El objetivo es que descubras cuál es tu Gioconda. ¿A qué pasión le dedicarías los últimos 15 años de tu vida?

Sí. Todos sabemos la mala noticia. No somos Leonardo. Pero no hablo de ser perfectos, porque no se trata de ser perfectos, si no de intentar ser mejores en nuestro trabajo. Y eso sí que está en nuestras manos. No se trata de dominar todas las artes y ciencias conocidas porque ya no podemos ser el nuevo hombre del Renacimiento, pero sí podemos poner la vocación en el trabajo bien hecho sin la excusa de que no somos unos genios.

Libérate del miedo del tiempo, como hizo Leonardo. Haz las cosas bien aunque te lleve una vida y 15 años: nadie te preguntará cuánto has tardado.

Este post es el segundo de una serie sobre el paso del tiempo: Aquí el primero.